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Alexia, por el doctor Aurelio Chamorro,

 
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Mi primer contacto con Alexia ocurrió el 12 de junio de 1985, día de su ingreso en la Clínica Universitaria de Navarra (CUN). Recuerdo la impresión inicial que me causó: entraba en silla de ruedas en la habitación. Estaba serena, con una sonrisa amable y sentido del humor...

Por lo demás, me pareció una niña enteramente normal, pero debo señalar que esta actitud con la que Alexia acudió a la CUN, no era la habitual en personas de su edad, que a menudo se dejan dominar por la preocupación, el miedo o la ansiedad y aparecen tensas y nerviosas.

Con el tiempo, pude entender las razones de su optimismo y los motivos que le permitían cargar con las abundantes molestias, limitaciones e incomodidades que le imponía su situación: una unión estrecha con Jesús, a quien amaba y se sometía tiernamente, y a quien gustosamente se ofrecía para colaborar en la tarea redentora.

Siempre ofrecía sus sufrimientos, que nunca exageraba y que a menudo trataba de ocultar. Fui afortunado testigo de su progreso y madurez humana y espiritual.

El cariño que Alexia derramaba sobre todos lo hacía de modo heroico, pasando por alto sus casi constantes dolores. Hizo crecer en los que la tratábamos un agradecimiento y un cariño cada vez mayor. Seguros de su posición privilegiada ante el Señor acudíamos a ella para obtener de Él aquello que necesitábamos.

Alexia a lo largo de los meses mantenía su paz y su sentido del humor, a pesar de que sus síntomas no permitían excesivas esperanzas, pues se fueron sumando pequeñas y grandes tribulaciones que la iban acercando más y más a una estrecha intimidad con Dios.

En este progreso espiritual no puedo dejar de subrayar el trato habitual con Hugo, su ángel custodio, lo que dejaba ver una fe sólida que la mantenía firme y segura ante la adversidad.

Próximo ya el día de su muerte, cuando la invasión tumoral le había impuesto una intensa cefalea, me hizo saber que me quería mucho y que ese cariño no cesaría cuando estuviese bien. Tuve la sensación de que me estaba hablando de su paso al Cielo.

No tuve ocasión de presenciar el momento en que entregó su alma a Dios. Llegué a la habitación poco después. Me conmovió la serenidad que se respiraba en el ambiente.

Su rostro estaba sosegado, esbozando una sonrisa. Ninguno de los presentes dudamos que Alexia había entrado ya al Cielo: tal era la seguridad de que Alexia no había hecho escala en el purgatorio.

Quise estar presente y ayudar a la primera misa que se celebró ante el cuerpo de Alexia, aunque he de reconocer que más que encomendar su alma al Señor, pedí que ella intercediera por nosotros. Desde el día de su muerte, no perdí ocasión de hablar de ella y encomendarle muchas cosas.

Me siento asombrado por el impacto que la vida de Alexia causa diariamente en quienes la conocen y la tratan. Me consta que remueve el corazón y ayuda a replantearse desde un punto de vista cristiano la vida entera; muchas personas a quienes he tratado directamente así lo confirman y entre ellos se da por indudable la santidad de Alexia.

Dr. Aurelio Chamorro Ortega
Caravaca de la Cruz (Murcia
)

 

 

 

 


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