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Alexia, por su amiga Begoña

 
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Mi primer encuentro con Alexia fue el día de nuestro Bautismo. Nos bautizaron juntas en la Iglesia del Monasterio de las Salesas Reales el día 19 de marzo de 1971.

Después, la cercanía de nuestras casas hizo que coincidiéramos en el mismo colegio y en la misma clase.

Lo que yo puedo realmente decir de Alexia, antes de su enfermedad, es que era una niña encantadora. Lo digo de verdad: tenía una naturalidad y sencillez increíbles.

Sabía estar en cada momento como debía. Cuando yo me sentía sola ella siempre estaba allí para acompañarme de forma natural y espontánea, dispuesta a hablar conmigo haciendo algún comentario positivo y animoso. De hecho, en un diario que escribo desde pequeña he dejado constancia de que entre las personas que me ayudaban, aparte de mis padres, estaba Alexia.

Su educación y modales eran excelentes y todo eso unido a una gran generosidad y preocupación por los demás. Esta generosidad le llevaba no sólo a dar cuando se le pedía, sino a ofrecerlo espontáneamente.

A propósito de esto, recuerdo que al día siguiente de haber estado en su casa oyendo música vino al colegio y me regaló una cassette con las canciones que habíamos estado escuchando, porque sabía que me haría ilusión.

Alexia era muy alegre de carácter y sabía transmitir esa alegría. No le gustaba llamar la atención ni ser el centro de las conversaciones; sin embargo, participaba de forma normal y espontánea con la gracia y la simpatía que la caracterizaban. Tenía muy buen gusto, pero nunca la vi caprichosa ni que buscase cosas especiales; uno de los encantos de Alexia era la sencillez.

Daba gusto estar con ella. A su lado una se sentía bien.

Yo admiraba a Alexia ya antes de su enfermedad, que fue donde demostró lo que había cultivado durante sus anteriores catorce años. La visité en los diferentes hospitales donde estuvo en Madrid e ir a verla no me cohibía porque a pesar de su difícil situación, Alexia seguía tan encantadora y alegre como siempre.

Tenía muchas ganas de volver al colegio y quería que le contase muchas cosas. En esas visitas pude comprobar su fortaleza, su paciencia y su caridad, pues estaba más pendiente de los demás que de sí misma. Creo que vivió las difíciles circunstancias de su enfermedad en grado heroico.

Un día le pedí que rezase por una prima mía diabéticaque había perdido un niño el año anterior y estaba de nuevo embarazada. No olvidó el encargo, al contrario, la incluyó en su listade peticiones.

En esto, como en todo, siempre tan detallista. Meses después, mi prima tuvo una niña. Estoy segura de que las oraciones de Alexia fueron una gran ayuda.

La vi por última vez el día que vino al colegio antes de irse a Pamplona. Llegó en su silla de ruedas como si no le pasase nada. Las niñas nos sentimos cortadas, pero ella suavizó la situación sonriendo como siempre.

Cuando nos llegó la noticia de su muerte sentí una gran pena, pero también pensé que había tenido la suerte de conocer a una santa que seria para mí un ejemplo para imitar toda la vida.

Me consta que Alexia se sentía hija de Dios y vivió de acuerdo con esa verdad. A veces hablo con ella en mi oración y me siento favorecida pues he sentido su ayuda.

Al hacer este testimonio he pensado: será fácil hacerlo, de Alexia sólo recuerdo cosas buenas.

Begoña Hernández de Aguirre

 

 

 

 
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