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Alexia, por don Manuel Cacheda,
--- sacerdote amigo de la familia

 
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Me honra una gran amistad con los padres de Alexia a los que conozco desde antes de casarse y a los que desde 1953 trato con verdadera intimidad. A tres de sus hijos tuve la suerte de bautizarlos.

Alexia, la última de sus siete hijos, fue esperada con ilusión y recibida con alegría. Hoy esa alegría es no sale de su familia, sino de toda la Iglesia.

Los años de infancia de Alexia fueron años de satisfacción para todos. Manifestaba su fe en la vida diaria, en la oración personal y familiar y en la oración litúrgica comunitaria. Conocía muy bien el catecismo y en nuestras conversaciones veraniegas así lo demostraba.

Desde muy pequeña tenía un trato asiduo con Dios, con la Virgen y su Ángel-Custodio a quien puso el nombre de Hugo. Tenía mucha capacidad para aprender cosas de memoria, por eso se sabía tan bien el catecismo.

Siempre tuvo interés por saber más. Observaba mucho, preguntaba lo que no entendía y siempre encontraba la respuesta adecuada. Miraba de frente con una mirada limpia y atenta. Tenía una sonrisa encantadora.

Desde muy pequeña vivió la Navidad entrañablemente, descubriendo a Dios hecho hombre en Jesús Niño y también presente en la Eucaristía, prisionero por nuestro amor. Por eso le visitaba con frecuencia y le decía: "Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras".

Desde muy pequeña empezó a tratar a Dios en su casa, en el Colegio y en la parroquia. Se preocupaba no sólo por su formación espiritual, sino también por la de los demás. Su última visita al colegio demuestra su preocupación por la vida de gracia de sus compañeras.

Pasé muchas horas con ella a lo largo de su corta vida. Ofreció su limpio corazón a Jesús con fervor, con ilusión, con amor tierno y filial, un corazón que era como una cuna para Dios.

Recuerdo su recogimiento en la Santa Misa, como recibía la Comunión con fe y devoción. Vivía la presencia de Dios como quien sabe que El lo es todo.

Era muy agradecida y su caridad para los demás procedía de su amor a Dios. Era dulce, ordenada y cuidadosa. Había en ella una gran humildad que la llevó a aceptar la enfermedad y la muerte con paz y alegría, con una gran paciencia y con sentido apostólico.

Recibió muchas gracias del Señor a las que respondió con una gran fidelidad. Su fama de santidad empezó antes de su muerte. Alexia ha sido un gran impacto en muchas vidas.

Hoy es de todos, porque es de Dios. La declaración de su santidad enriquecerá el santoral cristiano. Será siempre un ejemplo de virtud, iluminadora de otros modelos trascendentes.

Todos necesitamos testigos que guiados por el Espíritu Santo acepten el plan de Dios en sus vidas y se abracen a la Cruz de Jesús, para al final dormirse dulcemente en los brazos del Padre tal y como hizo nuestra querida Alexia.

Rvdo, D. Manuel Cacheda Vigide

Párroco de San Fernando

Santiago de Compostela (La Coruña)

 

 

 

 

 

 


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