----El capellán de la Clínica Universitaria
-- habla sobre Alexia

 

Mi primer encuentro con Alexia tuvo lugar el 13 de junio de 1985, al día siguiente de su ingreso en la Clínica Universitaria de Navarra, de la que soy capellán desde 1982.

Desde aquel día, surgió un trato muy cordial con Alexia y con toda su familia, favorecido, entre otras cosas, porque años antes, en Madrid, ya había conocido y tratado a sus hermanos.

El hecho es que rápidamente hice una gran amistad con la familia González-Barros, que los acontecimientos no han hecho más que acrecentar.

Como capellán tuve la oportunidad, y la fortuna, de visitar a Alexia casi todos los días de su larga enfermedad, hasta que murió el 5 de diciembre de 1985.

Me cupo incluso, el doloroso pero gratísimo deber de celebrar en el velatorio la primera misa por su eterno descanso.

A lo largo de esos seis meses de estancia en Pamplona pude apreciar muchas veces la grandeza de su alma. Por eso me animé a escribir un libro.

¿Qué es lo que más me llamó la atención de su vida?

Alexia dejó en todos los que la tratamos un extraordinario ejemplo de virtud, de heroica aceptación de la enfermedad. Pero antes -para que nadie la considere una criatura extraordinaria, ajena a este mundo-, tengo que decir que era una muchacha sencilla, normal, muy de nuestro tiempo.

Le encantaba leer, escuchar música, vestir bien; e incluso le había gustado un chico con el que se cruzaba durante las vacaciones de verano...

Pero en esa cría normal -con la ayuda de una familia que vive coherentemente su fe cristiana- Dios empieza a actuar desde muy pronto.

A los seis o siete años, cuando hace la genuflexión ante el santísimo, ya le dice al Señor: "Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras", y cuando llega la enfermedad -una enfermedad dura, con un calvario de sufrimiemos- Alexia sabe aceptar plenamente la voluntad de Dios.

No protesta ni se rebela. Por el contrario, ofrece desde el primer momento, con serenidad y alegría, el largo rosario de dolores y limitaciones que la acompañan a lo largo de toda la enfermedad.

Los médicos y enfermeras que la tratan ven en ella -en su aparente fragilidad- una respuesta serena ante el dolor: no se queja, no grita, no llora...

A mí me llamó siempre la atención la constante preocupación de Alexia por los demás: los otros niños enfermos, por las personas que la trataban: médicos, enfermeras, camilleros, auxiliares, etc.

Para todos tiene detalles de cariño y cuando no está destrozada por los efectos de la quimioterapia- a su habitación acuden los niños ingresados buscando su dulce sonrisa.

Un día que me ofreció un bombón, le comenté que me gustaban más los caramelos. Desde entonces, después de cada visita, me recordaba:

- Don Miguel Ángel, no se olvide de coger un caramelo...

Aceptación serena del dolor y constante preocupación por los demás: son las dos cosas que siempre recordaré del ejemplo de Alexia, que me ha servido muchas veces para tratar de ayudar a otros enfermos.

 

Miguel Ángel Monge

Capellán de la Clínica Universitaria de Navarra


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