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Alexia: testimonio de la supervisora de la Clínica --------------

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Carmen López de la Fuente

 
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Traté a Alexia desde el mismo momento en que ingresó en la Clínica Universitaria de Navarra. En aquel momento yo era enfermera supervisora general de la Clínica. Desde ese instante hasta su fallecimiento tuve con ella un trato constante y entrañable.

Lo primero que me llamó la atención fue la alegría con que llevaba su enfermedad. Padecía un proceso tumoral grave, un sarcoma de Ewing, con secuelas de mucho dolor, escayolas, pinchazos frecuentes, operaciones... Pero no recuerdo haberla oído quejarse jamás.

Siempre nos recibía a quienes íbamos a verla con una cara agradable, serena y sosegada.

Era una niña de una gran fe. Sabía perfectamente que con la enfermedad tenía un tesoro en las manos y pienso que nunca lo desaprovechó. Llamaba la atención su preocupación por los demás. Tenía atenciones constantes con todos: médicos, enfermeras, auxiliares, capellanes, niños ingresados en la Planta, se preocupaba más del sufrimiento de los demás que de los suyos propios. Era muy agradecida y valoraba mucho el cariño que recibía. Pero ella lo devolvía con creces.

Su vida de piedad era evidente. Recuerdo que, nada más ingresar en la Clínica, al poco de llegar a la habitación, pidió que la bajasen al oratorio para hacer la visita al Santísimo. Así mismo, era patente su amor a la Santísima Virgen.

Yo observé que dirigía frecuentes miradas a la imagen que había en su habitación, y también que solía tener el rosario en las manos. Yo le regalé uno bendecido por el Santo Padre, que le hizo mucha ilusión, y que le pusimos entre los dedos tras su muerte.

Tuve ocasión de asistir a sus últimos momentos. Con otra enfermera y su madre, la amortaj amos. Recuerdo que tenía la espalda llena de moratones, como si hubiese sido cruelmente golpeada. Las largas cicatrices en el cuello, las huellas dejadas por el tornillo del aro metálico y los últimos pinchazos en las manos para extraerle sangre hacían de Alexia un retrato semejante a un Crucificado.

Tuvo un auténtico espíritu de inmolación durante su enfermedad, y estoy convencida de que era un alma entregada a Dios. A medida que iba pasando el tiempo, en el ambiente de la Clínica se hablaba y se conocía a Alexia como una persona con unas gracias especiales de Dios.

Hasta el último momento, Alexia fue un ejemplo constante para todos los que la tratamos. Su serena aceptación de la enfermedad y su preocupación por los demás son los dos rasgos más característicos que recuerdo, y pienso que no los olvidaré nunca.

Carmen López de la Fuente

 

 

 

 

 

 
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