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Alexia, por Celes de Diego Rosa

 
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He conocido a Alexia desde que nació, pues prestaba mis servicios en casa de sus padres y yo era como un miembro más de la familia.

El nacimiento de Alexia supuso una gran alegría, todos en casa estábamos felices. La verdad es que todos los niños habían sido recibidos con una ilusión enorme y yo no recuerdo a sus padres más contentos que cuando estaban esperando un nuevo hijo.

Pero después de la muerte de Ramón María y Javier, la llegada de Alexia a mí me pareció como un premio. Recuerdo que asi se lo dije a su mamá y ella me contestó que más bien era un regalo, porque los premios se merecían y nosotros no habíamos merecido tener una niña tan rica.

Recuerdo muy bien el día en que nació. A pesar de que el día anterior había hecho casi calor, aquel 7 de marzo amaneció con una gran nevada, tanto que apenas podíamos llegar al hospital donde había nacido.

He querido a todos «mis niños» muchísimo pero por Alexia siempre tuve algo especial, y no lo digo porque haya muerto y sea una niña santa, es que siempre fue así.

Cuando la llevaba a pasear y me preguntaban si era mi nieta yo contestaba que lo era. Ella se callaba para no dejarme quedar mal, pero cuando volvíamos a casa me decía: «Yo no soy tu nieta ¿verdad?». «No bonita, pero te quiero como si lo fueras». Y entonces afirmaba: «¡Ah, eso sí.'». No le gustaba mentir ni que yo mintiera.

Era una niña muy piadosa, en su casa todos lo son. Por las noches rezaba al ángel de la guarda, el "Jesusito de mi vida" y una oración que yo le enseñé y que había aprendido de mi madre. La oración era: "Madrecita mía vuestra esclava soy, con vuestro permiso a dormir me voy ".

Cuando enfermó no podíamos creerlo, porque había sido una niña muy sana. Aunque yo en aquella época estaba ya jubilada, volví para hacerme cargo de la casa: de ese modo, Alexia pudo tener siempre a su madre con ella. Gracias a Dios consiguió soportar los diez meses de enfermedad de la niña sin que ninguno la releváramos ni siquiera un momento.

Yo iba a verla diariamente a los hospitales donde estuvo, y siempre me recibía contenta, sonriendo aunque se encontrase muy mal. Estoy segura de que lo hacía porque, como sabía que yo la quería mucho, sufriría viéndola sufrir a ella.

Quiso despedirse de sus compañeras de colegio antes de irse a Pamplona. A mí me parecía una locura por que Alexia estaba muy mal, desmejorada, sin pelo y temía que alguna compañera, sin querer, hiciese algún gesto de asombro. También pensé que se emocionaría y podría pasar un mal rato, pero volvió del colegio contenta y alegre.

Al despedirnos cuando se fue a Pamplona, poco pensaba yo que no iba a verla viva nunca más. Me besó con todo cariño y yo hice un esfuerzo muy grande por no llorar, pero sabía que no debía hacerlo porque ni sus padres ni hermanos perdieron nunca la serenidad y mucho menos Alexia, que siempre estaba contenta.

Cuando la trajeron a enterrar a Madrid no acudió más que la familia y yo fui de las pocas personas que estuvieron allí. Al abrir la caja me quedé admirada de lo guapísima que estaba. No parecía muerta sino dormida, tenía un color precioso y aquella expresión suya de reposo y de paz que no olvidaré nunca.

Ahora que todo el mundo la conoce como santa, yo pienso que es cierto. Siempre fue maravillosa y bien lo demostró en la enfermedad. Ahora, con Alexia en el Cielo, hay una santa más y de las mejores.

Celes de Diego Rosa

 

 

 

 

 


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