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Alexia: testimonio de una enfermera que la cuidó

 
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Soy enfermera de la Clínica Universitaria de Navarra, y tuve ocasión de tratar a Alexia durante el tiempo que estuvo ingresada en esta Clínica, hasta que murió el 5 de diciembre de 1985.

Tengo que decir que en el tiempo que llevo trabajando no he visto un caso igual en lo que se refiere a la aceptación del dolor.

Dado el cuadro patológico de Alexia, es indudable que debía sentir mucho dolor, debido a las largas curas que se le hacían, a las constantes inyecciones que había que ponerle, etc. Sin embargo, en estas situaciones nunca la vi quejarse ni protestar; lo pasaba muy mal y, no obstante, sonreía.

Debido al deterioro de sus venas, los pinchazos resultaban extremadamente dolorosos, y en más de una ocasión tuve la sensación de que la estaba "acribillando". Sin embargo, ella nunca se quejó.

En esas situaciones, Alexia se mostraba siempre serena, tranquila, incluso sonriente, aunque yo sabía que cada pinchazo le tenía que resultar muy doloroso.

Un rasgo llamativo de Alexia era su constante preocupación por los demás, unida al olvido de sí misma. Preguntaba siempre por los otros niños ingresados en la Clínica, a los que conocía porque solían ir a su habitación. Con todos tenía siempre algún detalle: un caramelo, un bombón, etc.

Generalmente, los enfermos se preocupan por la enfermedad que tienen, por los síntomas que aparecen y están deseando abandonar el hospital. Yo nunca vi ese tipo de preocupación en Alexia. Más bien, se la notaba tranquila, con mucha paz, como despreocupada de su enfermedad.

A veces, al entrar en su habitación, la encontrábamos rezando. Pero era tal su delicadeza que, para no hacer perder el tiempo a las enfermeras, interrumpía inmediatamente lo que estuviera haciendo.

Asistí a los últimos momentos de su enfermedad y estuve en su habitación cuando murió. Permaneció consciente hasta el final. Tuve ocasión de comprobar su profundo sentido sobrenatural. (...)

Siendo una chica muy joven, -no había cumplido aún quince años—reaccionó con una madurez impresionante ante el sufrimiento. Su ejemplo no lo he olvidado.

Celia Roncal Pamplona

 

 

 

 

 
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