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Alexia: testimonio de Elena María Valdés

 
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El primer recuerdo que tengo de Alexia es el de verla en brazos de su madre, en misa, en la antigua iglesia del Buen Suceso, de Madrid. Era un bebé de unos seis u ocho meses Desde entonces, y por la gran amistad que me une con su madre, la vi en muchas ocasiones.

Al tratar de hilvanar mis recuerdos respecto a ella, quizás tenga que destacar en primer lugar su carácter alegre pero reposado, su sonrisa constante y su amabilidad.

Soy testigo también de su piedad sencilla, sin ñoñerías. Con frecuencia, coincidíamos en la iglesia del Santísimo Cristo de la Victoria, ante el confesonario de D. Manuel Martín, el sacerdote con el que ambas solíamos confesarnos.

Eran frecuentes las largas esperas, pero no recuerdo haberla visto impacientarse nunca, cosa que, por otro lado, sería lo normal; sobre todo, cuando era todavía muy niña. La recuerdo también con una pequeña agenda tomando notas -supongo que para hacer el examen de conciencia-, lo que me hacía muchísima gracia. Otras veces la veía con el rosario en la mano, que rezaba con su madre.

A lo largo de su enfermedad la visité varias veces en los diferentes hospitales -tres, en concreto- mientras estuvo en Madrid. Siempre la vi serena y alegre, agradeciendo el regalo que le llevaba.

No recuerdo haberla visto quejarse nunca, a pesar de lo duro de su enfermedad, de lo precario de su estado y de las mil dificultades que se iban acumulando a medida que pasaba el tiempo. Por el contrario, siempre que iba a verla, la encontraba alegre y sonriente, sin dar importancia a su situación tan dramática. Alexia tenía una ternura especial para todos.

Uno de los recuerdos más nítidos y también más impresionantes que tengo es de cuando fui a verla después de su segunda operación. Estaba, como siempre, alegremente serena. A la salida, estuve con su madre en el pasillo unos momentos. Me comentó muy impresionada la oración que, la noche anterior a la operación, Alexia había hecho en voz alta. Me dijo que no podía imaginarse que su hija tuviera ese trato de confianza, de tanta intimidad con el Señor.

Yo me sentí también muy conmovida y le dije que no me extrañaba, puesto que en Alexia había algo especial. En todo momento, transmitía una paz y una serenidad muy fuera de lo común, que sólo el abandono en las manos de Dios podía darle. (...)

Cuando el Señor se la llevó, no por esperada fue menor la sorpresa. Desde el primer momento, yo -y otras muchas personas al igual que yo- tuvimos el convencimiento de que habíamos conocido y tratado a una criatura fuera de lo común: una niña santa, sencilla y natural, a la que espontáneamente nos empezamos a encomendar con el convencimiento de que teníamos en ella una eficaz intercesora ante el Señor».

Elena María Valdés de Rozas

 

 

 

 

 


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