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Alexia, la hija de mi amiga Moncha

----María Eulalia Gras

 
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Conocí, traté a Alexia y seguí de cerca las diferentes vicisitudes de su enfermedad por tener un trato muy directo con su madre, a quien me une una gran amistad.

Durante el tiempo que estuvo hospitalizada en Madrid, diariamente sabía cómo se encontraba, y cuando se trasladó a Pamplona, seguía interesándome por ella y preguntando cómo se iban desarrollando los acontecimientos y cuál era su estado de ánimo.

La respuesta era siempre la misma: que estaba tranquila y aunque sufría mucho, sobre todo por su absoluta inmovilidad, pero que aceptaba todo con gran paz.

Soy testigo de esa paz, y de su presencia de ánimo que no reflejaba la dureza de su situación. Recuerdo dos ocasiones en que me impresionaron especialmente su alegría y su fortaleza.

Fui a verla en la víspera de su segunda operación. Era un momento especialmente delicado, la familia estaba preocupada y aún no repuesta de la dolorosa sorpresa que suponía una inesperada nueva operación. Alexia estaba serena y con gran naturalidad comentó que ella estaba ofreciéndolo todo para que la ley del aborto, que en aquellos días se debatía en el Parlamento, no saliera adelante.

Ante el hecho inevitable de su operación su actitud era de aceptación, dándole cauce: ofreciéndolo.

La otra ocasión que recuerdo es de un día en que fui a verla cuando su estado se había deteriorado mucho por la enfermedad. Me recibió sonriente y alegre, como si no le pasase nada.

Me saludó cariñosa y elogió la blusa azul que yo llevaba. Le dije que se la regalaba, y aceptó con naturalidad mi ofrecimiento, diciéndome que ya me la pediría cuando pudiese ponérsela. Me impresionó que en una situación tan dramática como la suya, con su parálisis, el tratamiento agresivo de quimioterapia, sus múltiples dolores y molestias, ella hablase con tanta naturalidad.

Desviaba la atención de sí misma y actuaba como si la suya fuese una situación normal. Alexia nunca quiso ser centro de nada.

El haberla visto muerta es de los recuerdos más impresionantes que tengo. Fui de las pocas personas que asistió a su entierro, que por deseo de su familia fue algo íntimo y recogido.

Cuando en el cementerio abrieron el féretro, pude contemplarla y aun a través del cristal, quedé impresionada por su belleza llena de paz: su piel nacarada, sus mejillas sonrosadas, su rostro sereno y reposado.

Es extraordinario que una persona tras diez meses de cruel enfermedad, sometida a tratamientos agresivos, después de más de 24 horas de su fallecimiento y tras seis horas de viaje presentase el aspecto bellísimo que Alexia tenía.

Y eso no fue sólo una impresión personal, pues eso mismo comentamos todos los que allí nos encontrábamos. No nos sorprendió, pues nos parecía que la belleza de su rostro era reflejo de la de su alma, tan entregada siempre a Dios.

 

 


 

 

 

 

 
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