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La Virgen en la vida de Alexia

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“Dadle un beso a la Virgen de mi parte”



Alexia repetía esta frase "Dadle un beso a la Virgen de mi parte" cuando sus padres salían unos momentos de la Clínica para rezar ante la imagen de la Virgen del Amor Hermoso en la ermita del Campus de la Universidad de Navarra.

Desde la ventana de su habitación solía contemplar la ermita y veía el ir y venir de jóvenes universitarios que se detenían unos instantes para rezar ante la imagen de la Virgen cuando se dirigían a sus Facultades.

Los seguía con la vista y desde la inmovilidad de su silla de ruedas iba con el corazón a postrarse ante la imagen de Nuestra Señora, que conocía sólo por las estampas.

Cuando sus padres, animados por sus hijos, y sobre todo por Alexia, se acercaban hasta la ermita para buscar apoyo y consuelo y ofrecer el dolor que les atenazaba, la recomendación de Alexia era siempre la misma: “Dadle un beso a la Virgen de mi parte”.


Un beso a la Virgen



¡Un beso a la Virgen! ¡Cuántos besos le había dado Alexia! Desde pequeña había aprendido a mirarla cariñosamente cada vez que pasaba ante una imagen suya, y acompañaba la mirada con un beso sonoro.

Cuando se fue haciendo mayor, el beso no era tan ostensible pero, de un modo discreto, casi imperceptible –que sólo notaban los que lo sabían- seguía enviando un beso cada vez que fijaba sus ojos en una imagen de Nuestra Señora.

Alexia tenía una piedad tierna y sencilla, natural, espontánea, sin rarezas: los sábados solía poner alguna flor ante la Virgen que preside el cuarto de estar de su casa.

En el mes de mayo colocaba en un lugar destacado una pequeña imagen que tenía en su habitación, la rodeaba de plantas o de flores y le ponía una vela. Y al regresar del colegio, lo primero que hacía era ir hacia aquel lugar de la casa, encender la vela y durante unos minutos permanecía rezando.


Unas letanías

Alexia trataba a la Virgen con amor filial y confianza ilimitada. Compuso estas letanías para Ella:

Reina de todo amor santo.
Refugio en la tristeza.
Auxilio en el peligro.
Alegría del triste.
Reina de la luz.
Madre de los niños.
Madre de todos los hombres.
Reina de los hogares cristianos.
Modelo de los jóvenes.
Espejo de las madres.

Escribió: «La mejor forma de obsequiar a la Virgen es cuidando las oraciones marianas como el Rosario, el Ángelus, el Acordaos, sin olvidar el decir a lo largo del día jaculatorias».

Y confesaba: «Yo acudo con mayor amor a la Virgen cuando tengo que hacerle una petición, porque sé que Ella es la mejor intercesora ante el Señor».

La Virgen María, a la que tanto amaba, fue un firme apoyo durante su enfermedad. Después de la segunda operación, cuando tuvo que quedarse sola en la Unidad de Cuidados Intensivos, se abandonaba en los brazos de la Virgen.

Una mañana su familia le preguntó cómo había pasado la noche, y les dijo:

- Me metía para dentro -con esta frase aludía a su recogimiento en la oración-, me ponía en los brazos de la Virgen y empezaba a rezar el Rosario. Poco después me quedaba dormida. Me despertaba y preguntaba qué hora era. Me decían: las once..., las doce...; y volvía a hacer lo mismo: me ponía en los brazos de la Virgen y seguía rezando».

Se sentía segura en las brazos de Nuestra Señora. Sabía que Ella era su refugio en los momentos difíciles, su auxilio en las circunstancias adversas, su alegría en la soledad y una luz perenne en medio de la oscuridad de su dolor.


Flores frescas

 


A lo largo de su enfermedad, tuvo a su lado una estampa de la Virgen Milagrosa y procuraba que no le faltaran nunca flores frescas. Los sábados pedía a sus padres y hermanos que encargaran un ramo para la Capilla del centro hospitalario donde estaban.

En los últimos días de su vida los que la rodeaban le decían que la Virgen le estaba preparando una cama blandita donde podría cambiar libremente de postura.

Alexia, llena de dolores, desde su lecho duro y su inmovilidad absoluta, sonreía.

Iba al encuentro de esa Madre queridísima, “que te quiere más de lo que yo te quiero –le decía su madre- aunque no puedo imaginarme que nadie te quiera más de lo que yo te quiero”.

Alexia afirmaba, sin dudarlo: Sí.

Un sí rotundo y confiado en esa Virgen Buena que ella había amado tanto.


 

 

 

 

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