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Alexia, por su amiga y compañera María Jesús

 
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He sido compañera de Alexia desde los cuatro años, pero fue a partir de los once cuando de verdad empezamos a ser amigas.

A los ocho años, ella hizo la Primera Comunión en Roma. A pesar de ser algo extraordinario y de recibir un beso y la bendición de su Santidad Juan Pablo II, Alexia no alardeaba de ello. Se sentía feliz, sí, pero lo expresaba con naturalidad, porque no le gustaba en absoluto el destacar.

Era muy buena compañera, divertida y muy simpática. Pronto nos hicimos muy amigas, porque además compartíamos muchas aficiones.

Alexia era muy afectuosa. Siendo amiga suya empecé a llevarme bien con las demás compañeras, porque ella se llevaba bien con todas. Sabía ver siempre el lado positivo de cada una.

Aunque al principio podía parecer algo tímida, era todo lo contrario: extrovertida, amable y simpática. Lo que ocurría es que no era atolondrada n¡ inquieta. Tenía un carácter muy alegre y era muy sonriente. También tenía una gracia especial para contar las cosas y mucho sentido del humor, incluso cuando ya estaba enferma y yo iba a visitarla, charlaba animadamente y su conversación era muy amena.

Basaba la amistad en la sinceridad, por eso, si algo no le parecía bien lo decia claramente. Sus observaciones, siempre acertadas, te hacían rectificar y te ayudaban a ser tú también sincera. Por eso, nunca tuvimos motivos para enfadarnos, a pesar de que a esas edades las amistades no suelen ser muy estables.

En el mismo piso en el que estaba nuestra clase, había un pequeño Oratorio, al que Alexia acudía muy a menudo y al que siempre me invitaba a ir. Rezaba el rosario con mucha devoción y siempre con el rosario en la mano. Era piadosa, pero sin hacer cosas raras.

También recuerdo que me invitaba a asistir a las manifestaciones que había a favor de la libertad de enseñanza o contra el aborto. Era muy participativa para apoyar lo que creía justo.

El año 1984 fue Año Mariano. Fuimos a ganar el jubileo, con el colegio, al Cerro de los Ángeles. El celebrarlo solemnemente hizo muy feliz a Alexia, porque tenía una gran devoción a la Virgen que vivía especialmente en el mes de mayo.

No se olvidaba nunca de llevarle flores cuando la Virgen que iba de clase en clase, se quedaba en la nuestra. También recuerdo de un modo especial la piedad que vivía en la Misa y el entusiasmo con que cantaba las canciones litúrgicas.

Era positiva y animosa. Si yo me quejaba por pequeñas cosas, ella después de escucharme solía decirme: "Se te pasará enseguida, ya verás como no es nada". Y eso mismo nos hacía creer cuando estaba enferma: que lo suyo no era nada.

Parecía darle tan poca importancia, que incluso decía que más que una enfermedad, lo suyo era un problema. La visité en los tres hospitales en que estuvo en Madrid y también en su casa, y al preguntarle que tal se encontraba, contestaba siempre: "Bien, mucho mejor, gracias".

No se sentía violenta por estar paralítica y sin pelo. Alexia además de fuerte, era muy paciente. Parecía haber hecho suya la máxima de Santa Teresa: "La paciencia todo lo alcanza".

Cuando se fue a Pamplona, nos escribimos asiduamente. Días antes me fui a despedir de ella, porque me iba a la playa. A mi me daba pena pensar que mientras yo me iba de vacaciones, a ella le esperaba un verano lleno de dolores. Alexia, sin embargo, no demostró en ningún momento, no ya envidia, sino incluso ni siquiera añoranza de unas posibles vacaciones. Me pidió alegremente que al regreso le trajese un frasquito con agua de mar.

La última vez que hablé con ella por teléfono, fue dos semanas antes de entregar su alma al Señor, el 5 de diciembre de 1985. Me llamó desde Pamplona. Fue una conversación amable y entrañable. Alexia conservaba el mismo ánimo de siempre.

Me siento feliz de que ella manifestase que yo era su mejor amiga. Ella también lo fue para mí. Nunca tendré otra igual. Considero un gran privilegio haber tenido una amiga santa, que ahora es —no lo dudo— mi gran intercesora en el Cielo.

Mª Jesús López Jareño (Madrid)


 

 

 

 

 


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