Manuel Martín

Sacerdote (Madrid, España)

La conocí cuando tenía seis años. Desde entonces hasta su Primera Comunión –recibida dos años después- la dirigí espiritualmente y así seguí haciéndolo hasta el comienzo de su enfermedad.

Cuando quedó hospitalizada por primera vez, y ante la inminente operación, fui llamado –a petición suya- para que la confesara.

Asimismo acudí a los otros dos centros hospitalarios de Madrid en los que estuvo internada y posteriormente a su casa, durante los escasos períodos en que se le permitió regresar a su hogar.

También allí le administré la comunión en varias ocasiones antes de su marcha a Pamplona.


Era una niña muy natural, sonriente. Incluso durante su enfermedad no perdió la alegría. Nunca la oí quejarse. Por el contrario, aún en los momentos más difíciles estuvo serena y animada.

Poco antes de su marcha a Pamplona fui a despedirla. Era para ella un momento difícil, pues en esta ocasión no sólo abandonaba su hogar, sino también su ciudad.

Recuerdo que a pesar de ello hablamos animadamente del viaje a Tierra Santa que el año anterior realizó con su familia. Insistió muy sonriente: “Don Manuel: tiene que ir”.

Días antes del primer aniversario de su marcha al cielo fui, providencialmente, invitado a visitar los Santos Lugares. Es un favor que atribuyo a Alexia, por su interés tan lleno de cariño en que conociera la tierra de Jesús.

Tengo como una especial gracia de Dios y un privilegio el hecho de haberla conocido y dirigido su alma más de la mitad de su vida.

Su ejemplo es un argumento muy frecuente en mi predicación y catequesis, y compruebo en mi labor pastoral cómo las personas más diversas –en edad, cultura, espiritualidad- se conmueven con su vida heroicamente sencilla, con su alegre fortaleza.

Junto a esto, todos manifiestan un propósito común: el de ser mejores. Unos expresan el deseo de acercarse a la confesión, un sacramento que Alexia amaba especialmente, otros han empezado a tratar más íntimamente a su Ángel Custodio e incluso algunos –imitándola- le han puesto nombre.

Amar, demostrar cariño, era una de sus características.

Alexia vivió y murió como buena hija de Dios: fiel y alegremente.


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