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Alexia, por la directora del Club de actividades ------------------extraescolares al que asistía

 
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Conocí a Alexia cuando tenía siete u ocho años, cuando empezó a ir por el Club de actividades extraescolares del que yo era directora.

El primer día acudió con algunas compañeras de colegio, a las que había invitado para que conocieran las actividades del Club. (...)

Vienen a mi memoria muchos rasgos suyos, que desde el primer momento me llamaron la atención y me hicieron verla como una niña especial, dentro de su sencillez.

Tenía una sonrisa encantadora, que parecía transmitir alegría interior. Era la suya una alegría reposada; muy madura para su edad y de trato muy agradable, con una elegancia en sus maneras que yo no recuerdo en otras niñas.

Tenía un carácter muy igual y era muy bien educada; pero su temperamento iba mucho más allá de lo que puede ser una buena educación. Era muy diligente y estaba pendiente de ayudar.

(...) Mientras las demás niñas una vez terminada la clase, se iban a jugar, ella se quedaba, ayudando a recoger. Algunas veces yo regresaba con ellas en el coche y me llamaba la atención, con cuanta discreción recogía los papeles de los caramelos que otras niñas habían tirado al suelo.

Durante las charlas de formación estaba atentísima, cuando lo frecuente era que las niñas se distrajeran e incluso dieran muestras de impaciencia. Eso jamás lo hizo Alexia. Ese interés suyo llamaba la atención (...).

Un día en el que yo daba una charla sobre la Virgen, Alexia tenía los ojos fijos en mí, y más que escucharme, estaba literalmente absorbiendo y asimilando mis palabras. Cuando le hablaba del amor a la Virgen y del que Ella nos tiene a nosotros, sus ojos se iluminaban.

Tenía la cara apoyada en la mano y toda su expresión era de una atención tal que el recuerdo de ese día permanece como si la estuviera viendo.

Luego sobrevino su enfermedad que yo seguí desde el primer momento muy de cerca, por el gran cariño y amistad que me unía a su familia. Visité a Alexia en los hospitales en los que estuvo ingresada en Madrid y siempre la encontré alegre y sonriente, sin darle importancia a la grave enfermedad que padecía.

Me daba las gracias por la visita y charlaba animadamente. Toda ella transmitía paz. Al salir de la habitación me costaba retener las lágrimas, porque de aquella niña que yo había conocido tan ágil y guapa -porque Alexia era una niña muy guapa- apenas quedaba su sonrisa alegre y su mirada directa y clara que siempre conservó. Por lo demás daba pena verla, con aquel aparato metálico y paralítica.

Cuando se fue a Pamplona seguimos teniendo contacto frecuente, por teléfono. Supe de sus otras operaciones y de la fortaleza con que vivió su enfermedad, que nos tenía a todos profundamente admirados. Ofreció sus dolores con naturalidad y alegría: como se había comportado siempre, tratando de pasar desapercibida.

Alexia era la discreción misma, destacaba por su sencillez y por su humildad pero su riqueza interior trascendía sin pretenderlo.

Sentí su muerte como algo propio, porque la había querido mucho. Alexia había vivido y había muerto santamente. Se había comportado no sólo como una buena cristiana, sino que la enfermedad la vivió heroicamente. Lo que ella padeció sólo se sobrelleva teniendo la fe y la fortaleza que el Señor da a quienes se entregan a Él sin condiciones: como lo hizo Alexia.

Espontáneamente empecé a encomendarme a su intercesión, no dudando de que a todos los que nos quiso, nos sigue queriendo desde el Cíelo.

Tenemos en ella una gran intercesora y no me sorprende en absoluto su fama de santidad que se acrecienta día a día. Estoy convencida de que he convivido con una niña santa.

Milagros Zamanillo de Andino Madrid

 

 

 

 


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