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Alexia: testimonio de una religiosa que la atendió

--Sor Milagrosa de la Inmaculada

 
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Conocí a Alexia cuando fue operada por primera vez en Madrid. Era una niña dulce y alegre. Entró en el hospital con una sonrisa y se esforzó por mantenerla durante todo el tiempo que estuvo allí. A pesar de que tenía muchos dolores transmitía serenidad y paz a los que estaban junto a ella.

Yo era la encargada de hacerle la rehabilitación. Eran unos ejercicios que inevitablemente le hacían sufrir.

Durante ese tiempo, pude darme cuenta de que soportar la dura prueba, de la que yo fui testigo, únicamente podía aceptarse basándose en una fe sobrenatural, porque de no ser así Alexia no habría podido llevar la enfermedad de la forma como la llevó. Cuando yo hacía alusión a sus sufrimientos, ella respondía siempre: «lo que Dios quiera».

Su piedad se manifestaba a lo largo de la jornada, pero cuando estaba conmigo en rehabilitación pude comprobar que para Alexia ese tiempo era ocasión propicia para vivir la presencia de Dios.

Muchas veces el esfuerzo era tan grande que se animaba ella misma ofreciéndolo al Señor por el bien de las almas y por aquellos que estaban en peligro de perderse, como ella me decía.

Me llamaba la atención cómo se servia de jaculatorias para seguir adelante y cómo acudía a su Ángel Custodio a quien le puso nombre. Alexia era consciente de ser hija de Dios y vivía de acuerdo con esa verdad.

No sólo llevaba con paciencia y alegría su enfermedad sino que daba ánimos a los demás. Solía coincidir en rehabilitación con un joven que, como consecuencia de un accidente de automóvil, tenía un traumatismo cráneo-encefálico que le había dejado totalmente tetrapléjico. Alexia solía darle ánimos diciendo que también ella sufría pero que, con el esfuerzo, mejoraría, que no se desanimase, que con el tiempo volvería a andar, cosa que consiguió.

Como iba acompañado de su esposa, Alexia extendía también a ella sus palabras alentadoras. Siempre estaba dispuesta a hacer lo que fuera por el prójimo.

Su director espiritual acudía a confesarla con regularidad y comulgaba todos los días teniendo antes una larga preparación que a mí me llamaba la atención.

Cuando la bajaban a rehabilitación en la silla de ruedas, a la vuelta, siempre pedía que la acercasen a la capilla para hacer la Visita al Santísimo. En alguna ocasión, por el esfuerzo de los ejercicios, llegaba a la habitación con un aspecto extenuado que daba pena.

Tenía una gran devoción a la Virgen y no quería que le faltase ningún sábado el ramo de flores, que por indicación suya, su familia enviaba a la capilla.

Nunca buscó compensaciones y menos aun caprichos, a pesar de sus limitaciones, de sus molestias y sus dolores. Era delicada y pudorosa, con una mirada dulce como también era dulce su carácter.

Creo que Alexia vivió las virtudes en su totalidad y por la paz y la serenidad con que afrontó el sufrimiento se distinguió de un modo especial en la fortaleza, animada por su gran fe.

Debo reconocer que a mí misma me hizo mucho bien ese ejemplo de fe y fortaleza de Alexia. Deseo y pido por su pronta canonización.

Sor Milagrosa de la Inmaculada

H. H. del Sagrado Corazón de Jesús

Madrid

 

 

 

 
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