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-- Alexia, por Natividad Irribarren,
--- enfermera de la Clínica Universitaria

 
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Natividad Irribarren (primera fila, a la izquierda)
durante un proyecto de cooperación internacional en Congo


Soy enfermera de la Clínica Universitaria de Pamplona. Conocí a Alexia en junio de 1985, al poco de ingresar en la Clínica, y tengo de ella un recuerdo inolvidable.

Era una niña, si se me permite la expresión, especial y en todos los sentidos adorable. Lo que más llamaba la atención era su carácter: su gran bondad, su generosidad, su absoluta falta de egoísmo que le llevaba a pensar constantemente en los demás; y sobre todo el ejemplo que nos dio a todos, de la aceptación serena de la enfermedad y del dolor.

Era sorprendente su actitud frente a la enfermedad. En la Clínica sufrió dos largas y complicadas intervenciones quirúrgicas y como consecuencia había que hacerle unas curas muy largas y laboriosas, que a veces duraban más de una hora.

Debido a su inmovilidad, se le abrieron las heridas y se le infectaron, lo que hacía las curas especialmente dolorosas. Pues bien, nunca la vi quejarse ni protestar, cosa muy frecuente en otros enfermos.

Ella, más bien, animaba, sonreía, tan sólo alguna vez preguntaba cuánto faltaba para terminar. De vez en cuando lloraba, mejor dicho, se le caían las lágrimas, pero sin ninguna queja.

Era llamativo su constante preocupación por los demás: niños ingresados, enfermeras, etc. Se interesaba vivamente por la marcha del proceso de los niños enfermos en la Planta. Prueba de ello es que así se lo cuenta en la carta que escribió a sus amigas de Madrid.

Se acordaba del santo de cada una de las personas que la trataban, por razón de su trabajo, en la Clínica, conocía perfectamente sus nombres y para todos tenía un detalle: les felicitaba y les entregaba un regalo.

El día de la Virgen del Carmen, santo de varias personas, entregó a cada una un pañuelo. Pero quiero señalar que el recuerdo era absolutamente para todos. En general, los pacientes suelen ser agradecidos con los médicos y enfermeras, por tener con ellos un trato más directo. Pero Alexia tenía un detalle para todos, incluidas las auxiliares, las señoras de la limpieza, etc.

El día de mi santo me regaló un frasco de perfume, lo que me hizo especial ilusión. Ella había intuido, sin decirle yo nada, uno de mis gustos preferidos.

En ese sentido, tengo otro recuerdo personal. En la época en que yo le hacía las curas estaba embarazada de mi primer hijo. Como a veces debía de ponerme de rodillas para curarla, ella se preocupaba por si esa postura quizás podría afectar a mi embarazo.

Se interesó mucho por conocer cosas de mi pueblo, Ochagavía, y del Santuario de Muskilda, donde me casé. Antes de morir encargó a su madre un regalo para entregarme cuando naciese mi hijo.

Tenía una vida espiritual muy intensa. Recibía la Comunión todos los días, se preparaba muy bien y se la notaba recogida después de recibir al Señor. Era frecuente encontrarla rezando —en esto la ayudó mucho su familia—. Era tan delicada que inmediatamente dejaba de rezar para que pudiésemos hacer nuestro trabajo sin perder tiempo.

Cuando me preguntan si yo veo motivos para pensar en un Proceso de Beatificación, debo decir que aunque no tengo experiencia sobre el tema, puedo señalar que no he conocido en mi trato con enfermos a nadie con más capacidad de sufrimiento, ni con más capacidad de darse a los demás.

En Alexia todo eran detalles de cariño, una vida de continuo agradecimiento: el sólo hecho de taparla un poco en la cama era motivo para agradecer.

Natividad Iribarren

 

 

 

 

 

 


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