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Mi hija Alexia

 
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El 30 de diciembre de 2001 falleció Francisco González-Barros Aibardonedo, padre de Alexia, a consecuencia de un proceso canceroso. Se esforzó por ser buen cristiano durante toda su vida y aceptó su enfermedad con serenidad, abandonándose al querer de Dios. Falleció cristianamente rodeado del cariño de su esposa y de sus hijos.

Este es un extracto del extenso testimonio que dejó sobre su hija Alexia. Para facilitar la lectura hemos añadido algunos breves epígrafes, que no forman parte del texto origiginal.


Mi hija Alexia

El nacimiento de Alexia fue esperado con gran alegría e ilusión ya que habían transcurrido siete años desde el nacimiento de su hermano Javier, fallecido a los tres meses de edad.

Un nuevo hijo supone siempre una felicidad indescriptible y en nuestro caso aún mayor cuando el hijo anunciado resultó ser una preciosa niña, después de cinco chicos seguidos: Alfredo, Francisco, Ramón María, José Damián y Javier, a partir de nuestra primogénita, María José.

Cuando Alexia nació, Ramón María y Javier ya estaban en el cielo.

Tratar de describir cómo era el hogar donde nació Alexia, no es fácil, pues expresar lo que nos atañe directamente encierra una innegable dificultad. Puedo afirmar que nuestro hogar había sido un hogar muy rezado ya antes de contraer matrimonio.

Tanto mi esposa como yo teníamos una meta muy clara: lograr un hogar luminoso y alegre, recogiendo una frase del Fundador del Opus Dei, donde nuestros futuros hijos pudieran crecer felices para un fin muy determinado: alcanzar el cielo, entendiendo como felicidad vivir la paz y la alegría de un hogar cristiano a pesar de las dificultades, preocupaciones y problemas que la propia vida conlleva.

(...) Nos importaba mucho su formación humana e intelectual, para que sin uniformidad y según el carácter de cada uno, pudieran ejercer la libertad personal y ejercitarla con plena responsabilidad.

Estos propósitos nuestros, con sus limitaciones y equivocaciones se enmarcaban en el cumplimiento de la voluntad de Dios, pues esa era la razón y el fin de nuestras propias vidas que queríamos transmitir a nuestros hijos. En ese hogar, en ese ambiente familiar nació Alexia.

A pesar de la diferencia de edad con sus hermanos —José Damián tenía 10 años, Francisco 14, Alfredo 15 y María José 16— y además por ser niña y la más pequeña, he de resaltar que procurábamos que no fuese una niña mimada.

Lógicamente, fue muy querida, pero se le exigió mucho; por eso no fue nunca una niña caprichosa o consentida. "Realmente, me habéis breado", nos decía con buen humor cuando era mayorcita.

Tuvo siempre muy buen carácter. Alegre, sin ser ruidosa y, a medida que fue creciendo, se puso de manifiesto su buen criterio y adquirió enseguida una personalidad muy firme y decidida. (...)

Ni con ella ni con sus hermanos los padres hemos tomado determinación alguna que pudiera afectarles sin que les fuese previamente razonada, con ello tratábamos de que fueran adquiriendo criterio. Así Alexia lo adquirió con cierta rapidez y sabía ponerlo de manifiesto cuando llegaba el momento de tomar alguna decisión sobre cualquier tema familiar.

 

Yo también opino

La recuerdo de pequeña acercándose a los demás para decirnos: "Yo también opino". Y normalmente opinaba con acierto.

Tuvo una gran ayuda en su formación por parte de sus hermanos. Cada uno le aportó lo mejor que tenía de sí mismo y ella lo asimiló. (...)

Era muy agradecida, incluso ante el más pequeño detalle demostraba agradecimiento; y lo hacía rezando de forma individual y concreta por quien le hubiera hecho el más pequeño favor.

Inició sus estudios a los cuatro años en el colegio "Jesús Maestro" de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Para ella fue un gran acontecimiento. Recuerdo su expresión de felicidad cuando se me presentó vestida con su primer uniforme. Ya enferma recordaba su colegio, y cómo quería y valoraba su uniforme: "¡Lo encuentro tan bonito!". (...)

Se integró muy bien en el colegio. Quiso mucho a sus profesoras y compañeras, y agradecía su interés; por eso, la víspera de su viaje a Pamplona, el que seria su último viaje, quiso ir a despedirse personalmente al colegio, a pesar de su aspecto maltrecho.

Visitó por última vez al Santísimo en la capilla y dejó allí un ramo de flores. Estuvo con sus compañeras de clase muy serena, tranquila, sonriente y se alejó en su silla de ruedas con un adiós alegre, aunque quizás pensaba que era el adiós definitivo a su vida de colegiala.

 

¿Se darán cuenta de lo felices que son?

"¿Se darán cuenta las niñas de lo felices que son cuando van al colegio?", decía. Más tarde, ya en la Clínica Universitaria de Navarra, lo repitió cuando contemplaba el ir y venir de los estudiantes de la Universidad que ella divisaba desde su habitación.

Participaba con gran entusiasmo en cualquier actividad del colegio: campaña de Navidad, del Domund, etc., y hacía participar también a toda la familia.

Asimismo sabia estar presente en cualquier acontecimiento en donde entendía que debía estar dando testimonio de su fe: por ejemplo, en manifestaciones en contra del aborto, a favor de la libertad de enseñanza, etc.

Era muy amiga de sus amigas, con un grande y profundo sentido de la amistad, sentimiento que para ella representaba mucho, y así lo dejó dicho en la carta (...) que me dictó diez días antes de su muerte. (...).

Durante su enfermedad, Alexia no perdió nunca la paz ni la alegría. Su fe en Dios la llevaba a abandonarse en los brazos del Padre que la llenaba de una fortaleza inexplicable.

Así cuando la vi en la primera clínica a las pocas horas de quedar ingresada de urgencia, y sabiendo ella que lo que tenía era muy grave, me recibió tranquila quitándole importancia al hecho de estar hospitalizada, diciéndome que iban a hacerle solamente unas pruebas, mientras, sonriendo, me apretaba la mano.

Lo sucedido a partir de entonces es bien conocido a través de las biografías que se han escrito, y que son totalmente fieles a la realidad.

Alexia creía en la eficacia de la oración, rezaba con toda su alma. (...). Cuando las cosas no salían como ella pedía se limitaba a decir: "Hay que rezar más y mortificarse más".

"Meterse para adentro"

Tuvo desde siempre una vida de piedad muy intensa: hemos ido a Misa juntos muchas veces y soy testigo, por lo tanto, de su recogimiento, de su atención, de esa cualidad suya de "meterse para dentro" como ella decía.

Durante su enfermedad comulgó a diario y hacía habitualmente la visita al Santísimo, La llevábamos en su silla de ruedas a la capilla y allí, muy cerca del sagrario, permanecía con la mirada fija con tal atención que a menudo teníamos que recordarle que había que regresar a la habitación.

¡Cuántas veces habrá repetido ante el sagrario la frase que el Señor suscitó en su alma cuando era muy pequeña: "Jesús que yo haga siempre lo que Tú quieras"!

Eran palabras de entrega a la voluntad de Dios y petición de ayuda para poderla llevar a cabo. Hoy se repite como jaculatoria en muchas partes del mundo y han sido aceptadas como lema por muchas almas. (...)

Por sus actitudes, comprendía que Alexia estaba muy cerca de Dios, que hablaba al Señor como a un amigo: con confianza. Ella lo ofreció todo, absolutamente todo, sabía que el tesoro que tenía en las manos, tenía que administrarlo bien, con mucho amor, con renuncia total:

-"Jesús, yo quiero ponerme buena, quiero curarme, pero si Tú no quieres, yo quiero lo que Tú quieras".

Esta oración que ya su madre le había oído pronunciar la víspera de la segunda operación, también yo se la oí en cierta ocasión al terminar de rezar el rosario, que ella condujo. Tengo muy grabado el recuerdo del movimiento de sus labios según iba pronunciando aquellas palabras.

Nunca consideró su situación como una desgracia; para ella, la desgracia era perder la amistad con Jesús. (...)

¿Me voy a morir?

Le gustaba recitar las máximas de Santa Teresa cuya vida conocía perfectamente, no en vano su colegio pertenecía a una orden teresiana. "Sólo Dios basta", repetía muchas veces a lo largo de su enfermedad.

El Beato Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, era para ella una persona muy cercana y por quien ¡ sentía un enorme cariño. (...) "Ayúdame, Padre", le oí decir muchas veces a lo largo de su enfermedad.

Poco después de la segunda operación me preguntó un día: "Papá, ¿me voy a morir?". Hizo la pregunta con aquella naturalidad tan suya, sin notarse en ella la menor preocupación; sencillamente preguntaba.

Le contesté que todo el problema derivaba de no haberse detectado en la primara operación un quiste en l aparte posterior del cuello que oprimía la médula y por tanto, una vez desaparecido, volvería a la normalidad.

Aceptó la respuesta y cambió de conversación. Creo que fue la única ocasión en que a mí me habló de muerte. (...)

Identificó su voluntad con Cristo, su corta vida la edificó "sobre roca", por eso pudo superar todos los obstáculos que se le venían encima. Toda ella fue un rosario de virtudes vividas con sencillez. Procuró y siguió la voluntad de Dios, demostrando con ello su gran amor y la intensidad de su unión con Él. De ahí el espíritu de obediencia, humildad, la humildad que la llevó a aceptar gustosamente el criterio de Dios para con ella, a pesar del dolor, del sufrimiento, de las limitaciones, de su impotencia. (...)

Nunca se rebeló y mantuvo su alegría y su paz cada día. Fue ella y no la familia quien hizo que todas aquellas cosas tan difíciles se transformasen en normales. Fue ella quien "tiró" de nosotros y nos llevó a su paso, en tanto que ella andaba al paso de Dios.

Dios me ayuda

Aceptó desde el primer momento la enfermedad que la dejó paralítica, considerando que esa situación era la que Dios quería para ella. Alexia se dejó manejar tal como el Señor quería. (...) Por eso pudo decirle a Sor Patro —una monja que coincidió con Alexia en la UCI de la Clínica Universitaria de Navarra, haciendo prácticas de enfermería—:

-"No, sor Patro, sencillamente es que Dios me ayuda", contestando asi a su "Alexia, ¡qué valiente eres!". (...)

Alexia supo que se moría. Tengo la seguridad de que lo intuyó más rápidamente de lo que nosotros mismos pudimos suponer, cuando todavía ni los médicos ni nosotros lo sabíamos con certeza. Había llegado a la recta final, ahora sí, a la recta final: "... sé que estoy en la recta final", me dictó aquel día' para sus compañeras de Colegio, y así se lo dijo a su hermano: "Fran, ahora tienes que ayudarme mucho. Todos tenéis que ayudarme mucho...".

Se confesó, recibió los Sacramentos de la Confirmación y Extremaunción, y por última vez a Jesús ' en la Eucaristía. Una vez más, juntos, unidos, padres y hermanos la rodeamos de todo el cariño que el corazón humano puede expresar, aceptando como siempre la voluntad de Dios.

Alexia decía que estaba "contenta porque me voy al Cielo", "en donde me están esperando", tranquila, serena, totalmente lúcida (...), con una paz infinita.

 

Jamás pensamos en nada parecido

En muy poco tiempo, a partir de su fallecimiento, su fama de santidad se extendió de manera espontánea y generalizada, y es mucha la gente que se siente removida por su ejemplo

Desde lugares tan diferentes y lejanos, como pueden ser Canadá o Filipinas, de todas partes del mundo, fueron llegando testimonios de almas que se han acercado a Dios.

Obviamente, nosotros, su familia, jamás hubiéramos pensado en nada parecido, aunque sentíamos que Alexia estaba muy cerca de Dios.

Sin embargo, un religioso claretiano nos hizo ver la obligación moral que temamos, como padres, de llevar a cabo la tarea de someter el ejemplo de la vida de Alexia al juicio oportuno de la autoridad eclesiástica. (...)

En presencia de Dios Nuestro Señor, leído todo el escrito precedente, me reitero en todo lo dicho y firmo en Madrid, a 8 de mayo de 1992, en el 13° aniversario de la Primera Comunión de la Sierva de Dios, mi hija, Alexia González-Barros y González.

Francisco González-Barros Albardonedo


 

 

 
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