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Alexia. Recuerdos del sacerdote que la atendió en sus ----------últimos días

 
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Conocí a Alexia una semana antes de su marcha al cielo, y tan sólo estuve con ella en dos o tres ocasiones Sin embargo, pese a que nuestro trato fue tan reducido, me causó una impresión tan extraordinaria que, desde entonces, la he recordado muchísimas veces (...).

Cuando alguien me ha preguntado qué fue lo que yo vi en Alexia, la única respuesta que me ha venido a la cabeza ha sido siempre la misma: santidad.

Como sacerdote he tratado muchas personas y he conocido sus luchas interiores, sus victorias y derrotas. En ocasiones, he tenido la fortuna de encontrar almas de una gran categoría sobrenatural, de las que tantas enseñanzas se pueden extraer. Almas que viven con el firme empeño de hacer la voluntad de Dios y que han comprendido la grandeza incomparable de su filiación divina.

Pero aun hay otro nivel superior, que responde a la concepción cristiana de santidad, y que resulta muy difícil de describir, porque es inefable, pero sí, en cambio, relativamente fácil de reconocer, pues se nos impone como una dulce reconvención de Dios, ante la que nos sentimos espiritualmente indignos, a la vez que urgidos a un mayor esfuerzo en nuestra vida cristiana.

(...). Y esto fue lo que sentí al conocer a Alexia: un alma gigante, llena de Dios y, por tanto, inmensamente feliz, cuya extraordinaria sencillez no conseguía ocultar su elevadísima contemplación.

Si, como sacerdote, mi misión es dar: formación, enseñanza, consuelo, etc., ante Alexia era yo quien recibía. Se notaba en ella una superioridad en vida interior, en trato con Dios y con la Virgen y en auténtico amor a la voluntad divina, que removía a quienes la tratamos.

Me gustaría destacar la fuerza con que manifestaba sus deseos de entregarse a Dios, así como su absoluta conformidad con el sufrimiento y el dolor de la enfermedad, que le permitía sentirse muy feliz en medio de unas circunstancias que, a cualquier otra persona con menor vida espiritual, podrían haber hecho muy desgraciada.

Por último, destacaría también la serenidad con que afrontaba su muerte, que sabía muy próxima, que estaba fundamentada en el gran deseo de vivir con Jesús y con María.

Pensar en Ellos y hablar con Ellos era su ocupación habitual y la fuente de la que sacaba esa alegría y esa felicidad tan desconcertantes, que vivía. Y haciéndolo todo de una manera sencilla, sin darse importancia, con humildad y naturalidad.

Rvdo. D. Luis Prados Torreira (Bilbao)

 

 

 

 

 
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